Los bienes comunes propician un cambio de pensamiento, ciudadanía participativa y una producción de igual a igual

Se ha puesto de moda hablar de los “bienes comunes urbanos“, y está claro por qué. Lo que tradicionalmente concebimos como “público” está en retirada, los servicios públicos están a merced de las políticas de austeridad, las viviendas e inmuebles públicos está siendo vendidos y el espacio público está cada vez más limitado en su uso. En una situación como esta los bienes comunes (procomún) pueden ofrecer una alternativa a la disyuntiva entre lo público y lo privado. La idea de que la tierra o los servicios son propiedad común y de administración también común nos lleva a una sensibilidad del siglo XXI, con una ciudadanía participativa y una producción de igual a igual. Los bienes comunes tienen, en teoría, un gran potencial para un cambio de pensamiento.

El procomún es un modelo de gobernanza para el bien común. La manera de producir y gestionar en comunidad bienes y recursos, tangibles e intangibles, que nos pertenecen a todos, o mejor, que no pertenecen a nadie. Pero, ¿por qué cada vez que se habla de bienes comunes urbanos se habla de huertos comunitarios?, ¿el concepto de procomún puede ampliarse a esta imagen y ser capaz de abordar cuestiones como vivienda, uso de energía, distribución de alimentos y de calidad del aire que respiramos?
Inglaterra y España tienen una historia de comunización ya que muchos pueblos tienen bienes comunes, desde nuestros antepasados se ha tenido derecho a pastar el ganado en pastos comunales y a gestionar los bosques. Durante el siglo XVIII la mayor parte de estas tierras comunales fueron transferidas a manos privadas, convirtiéndolos en un recurso comercial y fomentando la creación de una clase trabajadora sin tierra. Y el problema con los bienes comunes hoy en día es que todavía tendemos aprender a pensar en éllos como un recurso común, ya se trate de los océanos y los ríos o de las poblaciones de peces.

Proyecto Agrocité en las afueras de Paris. Photograph: Atelier d’Architecture Autogérée
Proyecto Agrocité en las afueras de Paris. Photograph: Atelier d’Architecture Autogérée

No podemos tener un recurso común sin una estrategia común para la gestión de la misma, el aprovechamiento de los bienes comunes requiere de un conjunto de reglas. Elinor Ostrom ganó el premio Nobel de Economía demostrando que estos recursos no tienen por qué perderse en la “tragedia de los comunes” (explotación por parte de alguien que coge más que lo que le corresponde) sino que debe prevalecer un sistema de pesos y contrapesos. Y así, en lugar de un recurso, los bienes comunes se convierten en un proceso, en un conjunto de relaciones sociales de un grupo de personas que comparten la responsabilidades entre sí de un huerto o incluso del gobierno de su barrio. Como ha dicho el historiador Peter Linebaugh, los bienes comunes se entienden mejor como un verbo (o acción).

La popularidad actual de los bienes comunes ha sido en parte impulsada por internet y por el hecho de que las herramientas de la red hacen que sea mucho más factible la libre sindicación para grupos más numerosos. El software de código abierto, la Wikipedia, los bienes creativos comunes y los medios sociales permiten participar de un nuevo procomún que sigue patrones de organización horizontal.

En términos urbanos, la participación comunitaria toma frecuentemente la forma de huertos urbanos, tanto en parcelas desocupadas o en terrenos vacíos, debido a la limitada disponibilidad de tierra en las ciudades y a que la agricultura exige menos recursos económicos que, por ejemplo, la construcción. Pero incluso estas iniciativas de huertos comunitarios están constantemente bajo amenaza. A finales de 1990 el alcalde Rudy Giuliani trató de vender más de 100 huertos comunitarios en Nueva York, y en Berlín, recientemente, ha habido reivindicaciones para proteger y mantener los huertos familiares en la pista de aterrizaje abandonada de Tempelhof.

De hecho, es en los momentos de crisis cuando la idea de los bienes comunes se impone. Los movimientos de protesta que tomaron la plaza Tahrir en El Cairo, Gezi Park en Estambul, Zuccotti Park en Nueva York o la Puerta del Sol en Madrid transformaron el espacio público, en un bien común temporal a través de la auto-organización de masas. Del mismo modo la crisis económica en Grecia ha llevado a un resurgimiento de procomún en Atenas y los parques descuidados por el Ayuntamiento han emprezado a ser cuidados y mantenidos por grupos de vecinos. Se podría citar numerosos ejemplos de procomún, también en las favelas de Brasil se enorgullecen de la participar en la co-creación y la auto-gestión de su medio ambiente.

Campo de Cebada en Madrid
Campo de Cebada en Madrid

La pregunta es si los bienes comunes, con su potente dimensión política, pueden trascender a la extrema necesidad y a la resistencia simbólica, por un lado, y las iniciativas locales inofensivas por otra. Hay ejemplos alentadores, uno de los proyectos comunes que está empezando a conseguir una dimensión ambiciosa y compleja está en Colombes, en los suburbios de París. Desde 2012, el Atelier d’Architecture Autogérée ha estado desarrollando “una estrategia de abajo hacia arriba de regeneración resistente”, que va más allá de la iniciativa de huerto urbano a pequeña escala, además hay una micro-granja para uso colectivo, una pequeña planta de reciclaje y una cooperativa de eco-vivienda. Este proyecto cuenta con 400 vecinos que co-gestionan 5.000 metros cuadrados de terreno, produciendo alimentos, energía y vivienda, al tiempo que reducen activamente los residuos y el consumo de agua. Para los estándares europeos es un experimento suficentemente grande de vida urbana alternativa, el objetivo es incorporar cinco centros más en los próximos cinco años y hacer crecer un movimiento cívico basado en los bienes comunes. Este es sólo ejemplo de como cientos de ciudadanos de a pie, no activistas, pueden crear una economía urbana alternativa.

Sin embargo, hay una duda que surge siempre al hablar de los bienes comunes, el espacio público se gestiona por una autoridad para el beneficio de todos, pero ¿los bienes comunes podrían convertirse fácilmente en lugares de uso para determinados y limitados grupos de interés y con una pertenencia geográfica determinada?, y ¿qué ocurre cuando los forasteros quieren hacer valer sus derechos sobre los llamados bienes comunes?

Stavros Stavrides, un académico griego especializado en política espacial, considera que para que un bien común siga siendo una comunidad abierta que tiene que ser capaz de incorporar a los recién llegados. “El procomún tiene que ver con las diferencias, no con lo común, siempre debe estar expandiéndose a los que puedan participar”.

Una de las iniciativas más inspiradores de los últimos años ha sido el Campo de Cebada de Madrid, un solar abandonado que un grupo de arquitectos y ciudadanos reactivó como plaza pública y espacio cultural. Aunque, en este momento, los miembros del colectivo Zuloark han declarado que están cansados, por lo que es importante concebir los sistemas de comunización de manera sostenible o de otro modo su potencial idealista cae a falta de una subestimación romántica de lo que se necesita.

Para que estos procomunes se afiancen el discurso político debería proponer y estimular  una reestructuración sistémica, que requerirá nuevos tipos de instituciones y de políticos. Hasta el momento, la inspiración política proviene de sistemas de bienes comunes como el del agua en Cochabamba (Bolivia),  Chiapas (Méjico), o más recientemente de los kurdos sirios en Kobane. Pero esto puede estar cambiando, con la elección como alcaldesa de Barcelona de Ada Colau (Barcelona en Común) se piensa que la gobernanza basada en el procomún tiene por fin un punto de apoyo en una gran ciudad europea. Si estos movimientos comienzan a institucionalizar una política participativa, a continuación, los bienes comunes pueden comenzar a remodelar nuestra comprensión de la ciudadanía y de la sostenibilidad y llevar esta conversación más allá de los huertos comunitarios urbanos.

Y no sólo eso, todavía hay muchos procomunes en los que trabajar, la ciencia, el genoma, el agua, la biodiversidad, las semillas, …; algunos de éllos privatizados, patentados y con normas que limitan la libertad de los ciudadanos en favor de la explotación comercial.

 

No te pierdas el resto de post de Inspiracción Social, haz click aquí.

Recetas de innovación social, economía en transición y resiliencia para un desarrollo sostenible a la medida de las personas.

 

Fuente: http://www.theguardian.com

Traducido y adaptado por Inspiracción Social

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s